En una tarde normal te lleve a pasear, en cualquier lugar bailábamos las canciones que te gustaban, me acercaba a ti a cantártelas al oído, escuchar tu risa encoger y acompañar el silencio con un “te amo”. Volvíamos a mi casa, en el atardecer bajo la lluvia e íbamos a acomodarnos en la sala, donde podía oírte hablar y disfrutar de tu sonrisa. Donde podía ver sin problemas como bajaban las gotas de agua de tu cabello a tu cara y se pierden al caer de la punta de tu nariz a tu ropa.
Pasamos de la comodidad del lugar a la confianza de mi
cuarto, nos sentamos, abrazados bajo la luz del televisor, pasaban las horas
como minutos, no me importaba porque perder el tiempo junto a ti siempre me
pareció un placer. Tomar tu mano y admirarla, ver cómo lucía junto a la mía y cómo
combinaba mi voz cuando te decía al oído lo mucho que me gusta estar contigo,
verte reír, oírte hablar y como me encanta el olor de tu cabello.
Te contaba todo tipo de cosas, buenas y malas, inteligentes
y absurdas, hasta que me quede sin hablar y no me quedo de otra que enmendar el
silencio con un beso que añoraba desde hacía horas atrás, en mi cama que sabe
guardar los secretos más oscuros te recosté junto a mi amor, cuando posé mi
cuerpo junto al tuyo olía tu cabellera oscura, acariciaba las delgadas
facciones de tu cara, admiraba la belleza de tus ojos, besaba tu frente con
suavidad, con cosquillas tu cuello y con pasión tus labios. Te dije lo mucho
que te amo, lo mucho que he quería verte desde hacía ya tanto tiempo, mientras
besaba tus labios y desabotonaba tu camisa, para acariciar con delicadeza tu
desnudez en la noche oscura donde nos escondimos del sueño.
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