domingo, 24 de junio de 2012

Un escrito 2011. Escondernos del sueño


En una tarde normal te lleve a pasear, en cualquier lugar bailábamos las canciones que te gustaban, me acercaba a ti a cantártelas al oído, escuchar tu risa encoger y acompañar el silencio con un “te amo”. Volvíamos a mi casa, en el atardecer bajo la lluvia e íbamos a acomodarnos en la sala, donde podía oírte hablar y disfrutar de tu sonrisa. Donde podía ver sin problemas como bajaban las gotas de agua de tu cabello a tu cara y se pierden al caer de la punta de tu nariz a tu ropa.
Pasamos de la comodidad del lugar a la confianza de mi cuarto, nos sentamos, abrazados bajo la luz del televisor, pasaban las horas como minutos, no me importaba porque perder el tiempo junto a ti siempre me pareció un placer. Tomar tu mano y admirarla, ver cómo lucía junto a la mía y cómo combinaba mi voz cuando te decía al oído lo mucho que me gusta estar contigo, verte reír, oírte hablar y como me encanta el olor de tu cabello.
Te contaba todo tipo de cosas, buenas y malas, inteligentes y absurdas, hasta que me quede sin hablar y no me quedo de otra que enmendar el silencio con un beso que añoraba desde hacía horas atrás, en mi cama que sabe guardar los secretos más oscuros te recosté junto a mi amor, cuando posé mi cuerpo junto al tuyo olía tu cabellera oscura, acariciaba las delgadas facciones de tu cara, admiraba la belleza de tus ojos, besaba tu frente con suavidad, con cosquillas tu cuello y con pasión tus labios. Te dije lo mucho que te amo, lo mucho que he quería verte desde hacía ya tanto tiempo, mientras besaba tus labios y desabotonaba tu camisa, para acariciar con delicadeza tu desnudez en la noche oscura donde nos escondimos del sueño.

domingo, 17 de junio de 2012

Por siempre y para siempre, y hasta el fin de los tiempos.


Siempre solo, siempre triste. Todas las noches las pasa en vela, caminando en la sala de su casa, de lado a lado, baldosa por baldosa, dejando sus huellas en la cerámica y en un vaivén sin sentido. Cambiando de ánimos constantemente, queriendo creer que puede mejorar. Siguiendo mis pasos en un círculo eterno y perfecto. Por toda la eternidad.
Cada vuelta dada es un minuto de vida malgastado, dejando los pasos marcados en el suelo, luego sentándose en él a pensar, y pensar. ¿Por qué tanto mal? ¿Merezco las sensaciones? ¿Merezco la pena? Viene la lujuria junto al hambre. Las ganas de salir disparado por la puerta de metal, imaginando que de verdad no dejaría nada tras de él.
Siempre solo, siempre lo mismo. La mesa llena de botellas vacías y las cenizas camufladas en el  blanco y negro del suelo. Con pies hinchados de tanto caminar, en la sala de estar que quería bautizar junto a ti. Los relojes no se detienen y las alarmas no dejan de sonar. No pide un minuto de silencio, no quiere paz. Quiere presencias en la casa, quiere tu olor paseando por mi habitación.
Que silencio tan asesino, que ruidos tan insoportables. No hay nada que no rompa el silencio de un grito, y hay veces que el que escucha cosas es él, el mal servidor. ¿Qué pasa con esta casa? ¿Qué pasa con este caminante? ¿Qué pasó con el mal vividor? Está viviendo peor, en su camino. Eso es lo que pasa. Y yo lo veo desde su techo, y él cree que está solo.
Siempre triste, siempre abandonado por los demás. Cada vez que lo recuerde sentirá más la soledad, la lujuria y el calor. Siempre lo ahogarán los recuerdos del amor que una vez dio, que una vez le dieron. Siempre recordará aquél 22 de febrero, que tocó por última vez las pieles de su amada. Luego volverá a fechas olvidadas por todos, incluso por la susodicha tocada.
Siempre estará consigo mismo, hablándose al oído. Siempre compartirá sus labios con la misma persona, siempre compartirá su tiempo con la vida que no usa. Al final seguirá su camino o lo queda de él. Porque para seguir mis pasos, tendrá que morir primero, luego renacer como un vagabundo. En un cuerpo que no conozca, con un pasión distinta.
Siempre solo, siempre olvidado. Todo gira entorno a la presencia, a cómo se desenvuelva como conversador. Siempre a girará entorno al mal amor. De ahora en adelante comerá cigarrillos y los rodará con alcohol, dormirá con resaca y dolor y su único compañero seré yo. El vivo reflejo en el espejo, que tanto la ama, que cuando lo ve recuerda sus palabras.
Un día despertará en brazos de una persona que no conoce, con dolor de cabeza y reproche. Con ganas de salir corriendo de mi habitación a encontrarse con el teléfono que le habla con las manos. Saludar de vuelta al corazón que no le pertenece, y que sin importar qué, seguirá siendo su favorito. Seguirá siendo otro perdedor que fue asesinado en batalla por un camarada.
Siempre solo, siempre acompañado, siempre triste, siempre olvidado, siempre lo mismo. Siempre. Nunca encontrará eso que busca, nunca vivirá de nuevo eso que lo hace vivir. Nunca saldrá del círculo eterno en el que camina, nunca será victorioso. Nunca volverá a verse en el espejo sin recordar esos paseos. Siempre será un perdedor, siempre estará solo. Por siempre y para siempre, y hasta el fin de los tiempos.

jueves, 14 de junio de 2012

Un poema sin destinantario: ¿Que más quieres que te diga?


Él viene corriendo, sino caminando a prisa. Va en el camino de la golondrina que se posa en las ramas, junto a los claveles blancos y sus matices, o a las rosas rojas, que no tienen espinas ni raíces. De sus manos se escapa la sal, se pierde con la brisa.
Ellos no quieren que duermas ni descanses, pues sólo han venido a verte cantar y bailar. Tú no, él no, y aquél tampoco, pero sí ella, él, aquél y cualquiera. No eres la estrella, eres un don nadie, eres sólo un hombre en trance, que no está hecho para brillar.
Si ella te escucha cantar, bailará sin su vestido o con mi camisa. Desde el atardecer hasta que anochezca, luego dormirá en la cama, sin sabanas ni ropajes, para que podamos jugar a que el tiempo no pasa. Con nuestros corazones, sin latidos ni sangre.
Luego te diste cuenta de que las aves no vuelan por el viento, y tampoco por sus aleteos. Que nuestros corazones no tienen sístole, van sin diástole, que nuestras mentes están vacías y nuestros cuerpos sin extremidades juegan mejor a la pasión que tú.
Y al final del rato, ellos sólo han venido porque les hemos contado, no porque los tengas enamorados. Eres sólo un mono que baila por comida, y un mísero leñador que pide deseos a un camarón encantado. Prefiero ahorrar mis palabras y decirte, tu mujer sigue dormida.

viernes, 8 de junio de 2012

Comparaciones.


Hoy salí de mi casa. Fui a responder un llamado, una invitación que decía “Ven a mi casa el sábado. Voy a estar sola y quiero que me acompañes.” Y no me costaba nada ir, preferí eso a quedarme en mi casa sin hacer nada durante otro día entero.
Me monté en el auto y pensé “Tengo tanto sin salir así. No pienses en nada, no compares nada.” Pero no podía dejar comparar nada. El viaje fue más corto, la espera fue más corta y todo lo demás menos emocionante. Nada bueno en la primera comparación.
Abrió la puerta de su casa y me recibió con un abrazo, seguido de un beso en la mejilla y un “Pasa adelante, no hay nadie que nos interrumpa.” Pasé, y aun así comparaba de más. Su voz no era igual, su casa era más cómoda, sus sabanas más gruesas. Nada bueno en la segunda comparación.
Luego de cerrar la puerta de su cuarto la comí a besos, desabotoné su camisa y la levanté del suelo. Se amarró a mi cintura con sus piernas, su lengua bailaba con la mía canciones sin letras y su aliento y risas de placer me hacían sentir querido. Sus besos eran vacíos, sus senos más grandes y sus piernas más cortas. Nada bueno en la tercera comparación.
Dejé de besarla y le quité la camisa, me quito la camisa. Le quité el sostén y jugué con sus senos, los besé y apreté como si mañana no hubiera nada, disfruté su pecho como si fuera comida. Sus pezones más claros, sus senos más grandes, sus gemidos más altos. Nada bueno en la cuarta comparación.
Me quité el pantalón, le quité el pantalón. Bajo con sus manos a mi sexo, jugó a que tenía el control mientras me besaba y yo la tocaba. La temperatura subía cada vez más. Sus manos calientes, sus besos mojados, su cuerpo delgado y trigueño bajo la luz amarilla. Nada bueno en la quinta comparación.
Luego le quité su ropa interior y la acosté en su cama, la toqué con las manos frías para oír como gritaba. Subía y bajaba la cadera, sus piernas cada vez más temblorosas y su respiración acelerada. Su voz congelada, su cuerpo más claro, sus gemidos más complacientes, debía ser el tiempo sin ser tocada. No me importaba, no había nada bueno en la sexta comparación.
Luego de que dejé de tocarla y me puse sobre ella, quería hacerla creer que de verdad sentía placer al hacerla mía. Quería que creyera que todo lo que le decía era verdad. Quería que creyera que estaba bien jugar con ella a que necesito complacer y satisfacer mi hambre. Pero no podía, no lo sentía, no sentía placer y no la quería para mí. No había nada que comparar. Su color no se mezclaba con el mío. Su voz no creaba un unísono con la mía. Su cuerpo no era un templo admirable. No había nada bueno qué comparar.
Me levanté de su cuerpo y me alejé de ella, sus ojos de confusión eran todo un cuadro. Su voz cuando me preguntó “¿Qué pasó?” Era triste, o así la escuché. No le di un verdadero por qué. Le  besé por última vez y le dije que me disculpara. Me vestí y le pedí que me acompañara a la puerta, me fui a mi casa y me pedí olvidar. No quería pensar. No quería comparar.

martes, 5 de junio de 2012

La mitad de lo que solías ser.


“Ahora eres sólo un recuerdo, moriste hace tanto tiempo. ¿Recuerdas aquella vez que viste en el espejo que no había ni una mancha en tu cara? Pues puedes verte ahora y notar la enorme diferencia. Tienes esas impactantes arrugas, esas manchas en tus dientes, esas ojeras en lugar de ojos. Tu manera de mirar perdió su brillo, tu sonrisa ahora tiene un límite, tus labios son más secos que la arena del desierto y tu tez más salada que el océano.”
“Mírate fijamente en el espejo y dime si no tengo razón. Perdiste todo eso que tanto admiraba el resto de las personas. Incluso parece que no tuvieras corazón, porque nadie que se quiera a sí mismo viviría como tú. Mira tus brazos, están tan flacos, ya no levantas la mitad de lo que solías levantar. Y tus piernas, ya no corren de la misma manera que solían correr. ¿Qué te pasó? Parece que te hubieras dividido en dos.”
“Mírate las manos, están horribles. Tus dedos son tan flacos y tus nudillos tan pronunciados. Ni siquiera te queda el anillo. Tus manos ahora sólo sirven para tocar guitarra y escribir idioteces en el papel, y ya ni eso podrás hacer un día. Mira lo pronunciadas que están tus muñecas… Mira cómo juegas con tu vida… o mejor, mira lo que le pasó a tus ganas de vivir. Y lo mejor del caso es que estás consiente de lo que te haces.”
“Mira tu cuerpo, tu costillar es tan visible. Tus hombros tan punzantes. Tu pecho tan contraído. Ay, amigo… ¿Qué nos has hecho? ¿Dónde llevaste la otra mitad de nosotros? ¿Dónde se te ocurrió dejarla? ¿Qué no te das cuenta que ahora somos sólo la mitad de lo que solías ser? Moriremos y no nos podremos volver a ver, y no habrá nadie a quién culpar. Sólo queda esperar, y ver que harás con tu vida. Con nuestra vida.”
Esta mañana me vi en el espejo, no me reconocí. Estoy llegando a tal extremo en lo mental que se pasa a lo físico, y no siento que puedo seguir escribiendo. Es tan difícil seguir escribiendo con todo lo que pasa por mi mente en este momento que prefiero borrar todo y retirarme de la mesa. Pero siento que hay tanto que decir, y el que alguien me lea me hace sentir mejor de muchas maneras. Por ahora sólo les digo buenas noches, lectores de penas.

domingo, 3 de junio de 2012

Un escrito 2011. De búhos y hombres.


¿Cuán grande es mi idiotez? Muy grande puedes decir, he me aquí perdido en la alas de un búho al que admiré.
Posado en las ramas estaba el ser, mirando a la ventana donde yo me asomaba, viendo el brillo de la luna bajar por sus plumas para luego irse volando. Mis ojos nunca han visto ser más encantador que el búho que esa noche se posó en esa rama.
Pasé tiempo de mis días imaginando que sería pasearme entre sus plumas, claras plumas que motas ocultaban. Rogué por horas a mi mente que no se dejara ganar por las ganas de verle y oír su cantar.
¿Cómo no perderme en el búho? Sus ojos grandes y brillantes, claros y penetrantes violaban mi alma como lo haría una flecha a la piel, su claro plumaje que me hacía caer en relajo y su tez blanca y pincelada me llenaba de sonrisas a pesar de cuan mal estuviera.
Su graciosa manera de volar la última noche que le vi nunca la olvidaré, sobre tristes charcos de lluvia me hizo correr solo para poder su esencia sentir. Volaba como bailaría una maestra y cantaba como lo haría el mejor cantante. Esa noche estuve más perdido en su gracia que un explorador en laberinto de reyes.
Mucha gracia en un solo recipiente, quizá por eso se fue volando para no volver a mi presencia de esa manera otra vez.