lunes, 2 de septiembre de 2013

Ensayo y error.

Dormí de madrugada y desperté en la tarde. Desordenado. Comí la comida que no debía a la hora que no era. Llegué a la puerta de la estación equivocada y tomé el tren hacia el sitio incorrecto. Bajé una parada antes o después, no sé, pero no estaba donde debía. Caminé en la dirección contraria y miré mi reloj, llevaba horas adelantado y giraba en dirección opuesta. Conté los segundos al revés y pestañeé dos veces, tres, cuatro, y el reloj seguía dañado. Contaba el dinero que no se aceptaba en mi país, que obtuve de manera ilegal, tomé un taxi de dudosa seguridad y llegué a una casa que no sabía que existía. Me puse de espaldas y caminé hacia la reja, abrí el candado con los pies y entré. No cerré el candado, porque era un error, y entré sin tocar la puerta, a mi mala suerte. Me encontré con la gente incorrecta, en la sala que no era, con la ropa equivocada en el evento del día. Me desvestí mientras se vestían de logros y me puse sobre el sofá, con los pies en los cojines, porque soy un mal educado. Bostecé sin taparme la boca, para tragármelos a todos, porque ya la comida no me satisface. Pero, ¿Qué me importa? Nací en el lugar equivocado, con el signo que no era. Con los padres que no son. Crecí en las casas de personas ajenas. Comía como no debía. Salía cuando no debía. No leía. No veía. No había nada. No importaba, porque de todas maneras todo era un error. Todo era un desastre. Un desorden. Un descontrol. Un no sé qué debo hacer. Y como nada cambiaba, lo que debía hacer era lo que había que hacer, aunque estuviese mal, porque con tanto mal todo parece estar bien. Y un día, dando vueltas donde no debía, me encontré con el mal más grande. El mal más perverso y malévolo. Un error que no podía ser más equívoco. Y yo no había estado más equivocado esa vez. Y aunque lo sabía, le seguía, A donde me dirigía no importaba, porque le seguía. Le encontraba en cada esquina y en cada cuarto de mi pensamiento. Y cuando decidí cambiar, no podía estar más mal, porque aunque estuviese mal, se sentía bien. Me sentía bien encontrándome en su perdición. En su pasión. En su mover. En su andar. Nada había tan real como su pasar, y entonces, todo empezó a ordenarse. En mi mente y en mi cuerpo. Todo empezó a tener sentido, desde el comienzo, y me di cuenta que aunque estuviese en el sitio incorrecto, en algún momento, estaría en el cielo. Y encontré el cielo en su mirada oscura y brillante y en sus labios de marfil. En su melena odiosa, que se equivoca al intentar dominar, y en su errónea sonrisa que no deja de robarme erradas sonrisas. En sus despertares y en sus anocheceres, que hacen que mis días y mis sueños tengan un principio y un final, y que no se queden nadando en un océano infinito de porqué. Y en toda su, que me hace ser todo yo. Desde que supe que existía el ensayo y error, gracias a su aparición, todo empezó. En su no sé qué que me hace hacer lo que pienso que está bien. En su orden y en mi desorden. En nuestro quién sabe qué. Pero, principalmente, en ella misma, que es mi logro más grande, y el único con el que hago que se desnuden los que me dicen mal educado. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Primeros recuerdos.

Quería escribir, pero no podía.
Me perdía en las palabras que conocía para poder contarle al viento el tiempo que ha pasado desde que crucé esa línea, y que he cantado desde entonces, mis encuentros con el silencio de sus besos y el sabor de su aliento. No encontraba elocuencia cuando intentaba plasmar en palabras lo que sus manos decían. Señalaban. Acariciaban. No encontraba una manera de poder hacerlo sin revelar al mundo mi añorada privacidad y mi intimidad tan atesorada, que he revelado en parafraseo y besos en mis versos a los ojos de quienes me encuentran entre su mente y mis hojas. Tampoco es que me matara buscando la manera, pero me exijo tanta perfección algunas veces que termino cerrando por completo mis encuentros con el papel.
Esto quizás sea más una reflexión más que una historia inventada, o un poema, o un encuentro con la almohada y su cabeza. Tal vez sea más un diario extraño, o un artículo corto para el periódico. No lo sé, pero no será tanto una oda sino algo para que entiendan quienes me lean cómo siento y pienso algunas cosas, sin revelar mucho al final de todo. Trataré de hacernos lo más claro posible a su comprensión, sin tener que exprimir mucho los ángulos de sus voces, y que así, puedas cantar conmigo los versos que diré de ahora en adelante cuando le cante a la felicidad que sus besos traen a mis noches y a los mejores buenos días que he recibido en la vida desde aquél cumpleaños que no recuerdo con claridad.
Y entre palabras buscar los hechos que alguna vez dijiste, e hiciste, y que no den muchas vueltas a los asuntos y que los asuntos no le tomen mucho el tiempo ni el pelo a las personas que se cruzan con nosotros y entre nuestros oídos. Que todo lo que diga suene tan claro que de ser una imagen pueda verse detrás de ella. Ahora, no sé por dónde empezar, pero, ya algo se nos ocurrirá.
Me escondía entre sus sueños. Sus sueños fueron la casa de muchas de mis aventuras, y mis sueños fueron el templo de todas las cosas que hoy quiero por su mirada. Sus ojos se han encontrado en tantos de mis espejos que cuando veo los reflejos recuerdo lo que soñé una vez, que hice realidad. Que fue contarle al espejo y a ella que el señor del reflejo, que tomaba de la mano a la mujer que amaba, no dejaría de amarla ni que su memoria olvidara todo lo que se puede olvidar.
O algo así le había dicho ese día, no recuerdo. Pero sí recuerdo haberle jurado amor unos días después de jurarle amor esa noche. Ese día. El resto de las noches, por todos los silencios que ha habido desde ese beso.

Sus labios escondían más que su sonrisa y su lengua traviesa. Su voz se escondía tras sus palabras, hasta que empezaba a decir cosas que para que mis oídos tenían sentido, porque cada vez que hablaba escuchaba un cantar extraño, que tenía un tono entre el oleaje del mar y el viento entre las velas de su delgadez. Entre su ropa y su piel y su sonrisa y la mía. Entre un beso que guardó silencio por el resto de la oscuridad. Entre una lágrima de felicidad por sentir su lápiz labial en sus labios rozarse con mi locura desmesurada, en lo que podemos llamar el rapto de mi primer beso con quien juré amor esa, y todas las otras noches. 

lunes, 19 de agosto de 2013

Viaje universal.

Un paseo usual por el pasado se convirtió en una risa secreta y en una melodiosa canción.
Caminaba por las habitaciones de la casa, donde una vez fue nuestra luna de miel, o nuestro dulce pecado, y encontré una silueta en la cama, y una risa callada. Una sábana doblada y una figura desfigurada. Torcida, pero acomodada. Inquieta, revuelta entre la cobija del colchón. Cubriendo su desnudez y mostrando pudor en una sonrojada sonrisa. Una almohada mojada de sudor y un olor a perfume y pasión. Un baúl de emociones. Todo, en un solo paseo. Todo en un recuerdo. Todo en una acción.
Recordé que su canción sonaba por todas las paredes. Y que su sonrisa se paseaba por toda mi cara. Que su esbeltez se encontraba con mis manos y que mi voz desafinaba con sus caderas. Que paseaba mis deseos por sus cabellos y me esposaba a sus muñecas, y que con un suspiro de su aliento el mundo se tendía en un profundo sueño, y en su ombligo el centro del espacio daba un baile hacia su final. Toda la vida aminaba hacia un holocausto universal. Y en sus escasos lunares todas las estrellas giraban en desorden cronológico y horario, chocando entre ellas y entre mis labios, y sus labios, y sus besos y sus manos. Y su sonrisa, mordiendo firmemente el espacio que había entre su boca y la mía.

Y encontrándome de nuevo entre el deseo y la razón, y el amor y la pasión atemporal que siento por su aliento, y la adicción de sus senos y el olor de su cabello, hice un desorden en mi mente al admirar el brillo de la finura de su figura y terminé por enloquecer en la falta de oxígeno y la penumbra del espacio. Con el brillo de un sol a kilómetros de distancia, miraba cómo la tierra giraba, para estar al tanto de la hora, y las deshoras que llevaban mis ojos despiertos ante su presencia, hasta que con su cabello vendó mi mirada, y tuve que ceder mi cordura a sus deseos, y terminar cayendo en un limbo eterno, entre la vigilia y el sueño, entre sus golpes y sus gemidos. Entre la vida y la muerte del recuerdo de su cuerpo, y entre la cordura y la locura de amarle hasta no poder. 

jueves, 25 de julio de 2013

Insomnio de un soñador.

Hoy no me encuentro en mis cabales, y es por la simple y llana razón de que vivo en un horario disparejo. Mis sueños se han ido en los sueños que una vez tuve en esa cama que no es mía, más su dueña es de mis manos y solo para mí. Dejé mi reloj en su almohada, palpitando entre sus tic tacs, y en ese regalo que olvidé, mi salud mental, parcial, que pronto o tarde, o cuando sea, tocará la totalidad de mi insanidad, a la puerta de mi habitación.
Además que ahora me acompaña una bestia de pesadillas, mal oliente y desenfrenada, que ataca mis sueños como si fuesen los suyos juguetes. Esa mirada perdida que siempre tiene y esos chillidos tan leves que me entran por detrás de la cabeza son otra de las razones por las que mantengo en mis ojos insomnios y despertares a deshoras. Y las deshoras las cuento con mi cuerpo y su cansancio en la mañana. Abatido por Morfeo. Burlado por los ángeles guardianes que cuidan los sueños de los recién nacidos.
Suena y suena el reloj y da vueltas en mi pensamiento como el afán de ir y venir de un ventilador de techo. Y el  calor de las razones descompuestas se adentra en mi comodidad para mantenerme velando por una brisa fresca y fresca. Lo digo dos veces, porque ya está podrida esta sensación de ardor en mi espalda. Este calor intenso de descomposición y desarreglo. Y por si fuera poco, vienen los viajeros anuales a mi casa y las ocasiones especiales, y yo temo no poder atenderles debidamente, por esta maldición que se siente eterna que me acompaña, de la noche a la mañana.
Me arrepiento un poco de esta mañana, y puede que de mañana en la mañana, porque no la veré pasar, en una marca tan especial, el día de hoy. Y me entristezco todos los días al no ver su silueta bailarina entre mis ropas, pero me alegro al recordar que tengo miles de razones para volver, y que me sobra el tiempo para encontrarle, y lugares dónde buscarla. Aunque, no sé si considerar búsqueda si ya sabes dónde encontrar. (Jajaja).

De aquí a mañana no lo sé, pero espero volver a dormir entre las horas que no he visto nunca, porque la gracia del sueño es, en parte, desconocer lo que pasa para empezar a conocer tus sueños. Y, aunque no tenga reloj, sé qué hora es siempre que me acuesto a cerrar los ojos. Es hora de soñar, entre el tiempo infinito, las piedras y las olas. Los bosques y montañas y la Patagonia. O entre las Figueras de Dali, o el Tandil de Cabral. O, la cama donde dejé mis sueños la última vez que dormí, al lado de mi amada Lucía, con sus sueños en mis manos, y mis sueños en su vida.

lunes, 27 de mayo de 2013

Tanto, pero tanto.

Han pasado muchas cosas. Han pasado perfumes, han pasado miradas, han pasado comidas, sonrisas, besos, abrazos, golpes, caricias, regaños, bebidas, cigarrillos, andares y caminos. Han pasado los pasos que he dado de puerta en puerta buscándote cada vez que te escondes y encontrándote a cada instante, sin tener que buscarte, porque te tengo presente en cada momento, incluso cuando me distraigo, porque te has metido tanto en mí, como yo en ti, que no puedo dejar de decir que te pienso cuando estoy ocupado, y cuando no estoy ocupado, no hago más que pensar en ti. Porque me concentro contigo en mi mente, y cuando me desconcentro, es porque te veo acostada en la habitación que he llamado ‘subconsciente’.
Y es que te has vuelto tanto por todo esto que ha pasado que no me puedo evitar entristecer cuando te alejas aunque sea quince minutos, o tiempos enteros cuando sé que no te veré a cada instante del día. Y no por costumbre,  sino por necesidad. Sino por comida. Sino porque quiero que cada momento sea el momento de tenerte para mí y para más nadie, de poder comerme tus labios y de poder oler tu piel. De poder embriagarme con tu aliento, y de poder perderme en la desnudez de tu cuerpo. Quisiera tener el poder de poder hacerte mi espacio, más que el sitio a donde quiero llegar, de dónde salgo y a donde voy a parar en cada momento de mis días. Tanto ha pasado que te has vuelto mi hogar, mi lugar favorito, y donde quiero descansar después de manejar tanto y por tantas semanas.
Y que me atrapen las noches y me lleven los días a donde quieran siempre que sea contigo, porque es que poco a poco te has vuelto tanto mi todo que no sabría qué hacer si me pierdo y no es a tu lado, o en tu boca, o en tus ojos y tu cuerpo y todo lo que me hace perderme cada vez que te veo fijamente y me pregunto todas las preguntas que se le pueden a hacer al subconsciente. Que me lleve la vida a donde le dé la gana a la divinidad que te puso en mi camino con una seguridad tan difícil y un andar tan rápido para mis pasos. Y que tu ansiosa prisa nos lleve lejos, y nos haga adentrarnos en mares y montañas, selvas y ríos, y nos hagamos de paisajes tan de ensueño que nuestros días sean cuadros pintados por las manos de los mismos dioses que dieron vida al arte, y a sus musas, su razón de pintar, así como tú, la razón de mis sonrisas, y de la liviandad que me llena y me hace volar a cada instante.

Perderme donde quiera que vaya tu aliento y tu voz, con tus besos y los versos de mis labios. Y perderme en un recorrido infinito por tu espalda. Por tus piernas. Por tu cuello y tu mirada. Ahogarme en el olor de tu piel y en el sabor de tus labios. Llevarme al más profundo sueño con las caricias de tus manos, y despertar con los más perfectos buenos días. Perderme contigo en el cielo de la noche, irme de viaje con la vida que eres tú. Con mi hogar de la mano, que también eres tú, y con todo tú y todo de ti hasta el final. 

domingo, 5 de mayo de 2013

Parafraseando, y silbidos de viento.


He hecho, hice y voy a hacer, una y otra vez, las cosas que miles de veces la han hecho molestar. Y las he hecho, hice, y haré, porque, lo sé hacer bien. No hay otra razón. O hay miles. Pero también he hecho, hice, y haré, miles de millones de cosas que han hecho que ría y llore de alegría y se sienta feliz por lo que siente que le dura la vida. Entre el silencio de la noche y las marchas de soledad hacia la puerta cuando le voy a visitar, y me escucha con un silbido de viento, que de mis labios sale para que sienta estallar su cuerpo de emoción, o tal vez, de tristeza, y tal vez, de lujuria, cuando me ve pasar por su puerta, a la vez que paso por su sala y por sus manos, y nos perdemos en nuestros ojos, de antemano, para encontrarnos en un beso que anhelábamos realizar. Eso, he hecho, hice, y haré, la próxima vez que me escuche silbar, y la próxima vez que me vea perderme en su vista.
Y así como he hecho, ha hecho, y así como ha hecho, hacemos, hicimos y haremos, una y otra vez. Muchas veces, lo que nos hace reír, y molestar, y querer halarnos del cabello y besarnos y perdernos y demás. Y así como hacemos cosas que no hacen los demás, o nos decimos cosas que los demás no se dicen, usamos el verbo hacer para hacer lo que nos da la gana, una y otra vez, salga bien, o salga mal. Termine en rasguños y golpes o besos y caricias. Y así, como hicimos, nos vemos, y en esas miradas, nos vamos. Nos volvemos ciegos en cuartos oscuros, buscando nuestros brazos para no perdernos, y juntando nuestros cuerpos por si la oscuridad se vuelve nuestra, en vez de nosotros, de nosotros. Así como nos hemos visto en la oscuridad, así nos veremos la próxima vez que silbe en la puerta de su casa y me pida entrar. Y en ese entrar, deje miles y unas de sonrisas para acercarme a su sonrisa y perderme en su cantar.
Y hablando de canciones y cantores, le quiero contar que la quiero cantar en sus sabanas, y su cama, mientras me pierdo más en su mirada, y en su cuerpo de hada, mientras cantamos canciones de cantores ocultos en la lujuria y la pasión enamorada en la caricia de unos rayos, besos de mayo y versos de mis labios. Despacio, poco a poco, con mi cansada y triste voz, que no descansa cuando de placeres se trata, y cuando de sus besos se trata. O del deseo de sus manos y mis manos se trata, y se pinta, entre los lienzos de su espalda, y las marcas de mis mordidas en su tersa piel color caramelo.
Hay tanto que contar, cantar, hacer, y decir, pero no me sobra el tiempo, porque me toca silbar en su puerta, esta noche. Y tal vez, en la mañana también.

jueves, 2 de mayo de 2013

Hoy no quiero ser perfecto.

Hace bastante que me considero perfecto, y no pido disculpas a los lectores religiosos que dicen y viven por el ‘solo dios es perfecto’. No me disculpo, y no lamento sentirme y considerarme de esa manera. He vivido unos cuantos años basándome mayoritariamente en mis grandezas e ignorando mis ‘defectos’ como los llaman algunas personas, que yo llamo ‘perfecciones imperfectas’.
Pero hoy, esta noche, no quiero ser perfecto. Lo digo en el aspecto de mis talentos.
No quiero que esta noche me importe tomar la guitarra y tocar un acorde, y que suene desacorde a lo que pensaba tocar, sino, llamar a lo simple de la nota que toco y que aunque no concuerde con lo que quise, suene y suene y se repita y se repita hasta que suene bien y como debía ser. Y que la voz, aunque siempre desafinada, encuentre su afinación en la desharmónica de mi guitarra y mi canción. Es mucha paciencia de mi parte, que nunca he soportado llegar por partes a las cosas que quiero lograr.
Esta noche intenté dibujar, y me salió un trazo que no debía salir en el papel. Lo dejé pasar, como no debía ser, y me perdí en líneas velludas y descoloridas, que recorrerían un lienzo color blanco y se perderían en el desaparecer de la hoja y en los límites de una imaginación bloqueada y nada creativa a estas alturas. Que por lo que me han dicho, ha envejecido significativamente, pero, que aunque me importa haber perdido ese toque, no he dejado de pintar y tocar.
Pero, principalmente pienso que esta noche no quiero ser perfecto porque la última vez que me pidieron unas palabras, me quedé mudo, y pensando y pensando en qué decir, para al final no decir nada. Y mis manos cansadas de trazarse en el papel, no escribieron nada para aportar a mi canción, luego de tanto acorde y dibujo, no pude seguir con lo que tanto he querido ser. Y pienso que fue por seguir siendo perfecto. Y, como sé que estoy en lo correcto, hoy dejaré de serlo, por lo que queda de la luna en el cielo y del canto en las bocinas de mi habitación.
Dejaré a un lado la perfección que tanto he llevado, desde mis olores a mis colores e incluso en las palabras que digo, escribo, canto y respondo. O en mis acciones desmesuradas que, sin importar qué, para mí han sido perfectas, y no me arrepiento más que de unas dos o tres, que sobrepasaron los límites de mi percepción, haciendo caer mi perfección en pozos sin fondos que sino hasta esta noche, perfecta, pude volver a levantar de esa profundidad, para que mi sonrisa perfectamente imperfecta, pudiera sonreír entre sus labios.
Dejaré de ser perfecto esta noche, para poder decir palabras tontas y simples, y poder escribir con paciencia, sin buscar la complacer con una rima, o deleitar los ojos de las personas que no me importan, simplemente, escribir por el placer de sentirme feliz. Dejaré de ser perfecto esta noche, porque ser perfecto no es fácil, o al menos, esta noche, sentirse perfecto no lo es.
¿Notas que intentando dejar de ser perfecto me salen las palabras perfectas de las manos? Porque yo sí lo noté, y no me voy a disculpar con los religiosos por mi perfección.